El desierto de Q'atar no era un lugar de arena; era un mar de ella. Un océano infinito y ondulante de granos finos y dorados que brillaban bajo un sol tan despiadado que se sentía como un peso físico. El aire estaba tan caliente que distorsionaba el horizonte, creando espejismos de ciudades y lagos que se desvanecían al acercarse. Era un paisaje diseñado para quebrar el espíritu, para evaporar la esperanza y dejar solo una resistencia cruda y latente.
Ronan avanzaba a través de él como si estuv