El aire estéril del laboratorio de Vigo era un vacío, vibrando con los latidos frenéticos y aterrados de sus científicos humanos. Eran engranajes en una máquina que no podían comprender, y mi revelación acababa de arrojar una llave inglesa dentro de su mecanismo. Vigo permanecía congelado, una estatua de hombre cuyo mundo perfecto y lógico acababa de ser destrozado por una verdad imposible el alma era un arma.
Sentí su pánico, un aroma acre y afilado que resultaba más satisfactorio que cualquier