El descenso a la Ciudad Sumergida de Yharnam fue como sumergirse en un sueño hermoso y trágico. El agua se volvía más oscura y fría; la luz de nuestros Nexos —mi estrella de plata y negro y la nebulosa arremolinada de Nina— creaba sombras danzantes y relucientes que hacían que la ciudad pareciera moverse y respirar. Los grandes bulevares y las elegantes plazas de una civilización antaño grandiosa eran ahora avenidas silenciosas y fantasmales, patrulladas por bancos de peces bioluminiscentes. La