La resonancia fue la primera señal. No era un sonido, sino un sentimiento; una vibración profunda y armónica que comenzaba en el morral en la cadera de Ronan y resonaba en la caja revestida de plomo asegurada en el camarote de Elara. Era la canción de espíritus afines, dos piezas de un todo destrozado llamándose a través de la vasta extensión de arena y mar.
Sus caminos convergieron en un lugar llamado Puerto de Salitre, una ciudad portuaria destartalada que se aferraba al borde del desierto de