Las lágrimas se detuvieron. No se secaron; simplemente dejaron de caer, como si el pozo de mi dolor se hubiera vaciado, dejando atrás una vasta caverna hueca. Seguí arrodillado en el cráter superficial y ennegrecido, el aire cargado con el olor estéril de químicos quemados y el tenue, metálico aroma a sangre vaporizada. El silencio era un peso físico, una presión que hacía que los fragmentos rotos de mi mundo se sintieran más pesados, más reales.
Joric se había ido. No solo muerto, sino borrado.