La Aguja no cayó con un choque cataclísmico. Se disolvió, su forma perfecta cediendo ante las leyes desordenadas y caóticas de la naturaleza. El viento, ya no una corriente estéril y filtrada, aullaba y tiraba de su ropa, trayendo el olor de la tierra húmeda y de los pinos lejanos. El suelo bajo sus pies, que antes era un cristal blanco e impecable, se agrietó y se levantó, revelando una tierra oscura y fértil.
Fen, siempre el pragmático, encontró una sección de la escalera en espiral que había