Pasó un año. El mundo no se curó tanto como aprendió a vivir con sus cicatrices. Los grandes caminos vacíos del antiguo imperio comenzaron a llenarse con el crujir de ruedas de carretas y el paso cansado de viajeros. Los pueblos, antes estériles y silenciosos, ahora resonaban con el clamor de la vida: el golpe del martillo de un herrero, el grito de un niño jugando, la discusión de dos mercaderes regateando por el precio de unas papas que habían crecido torcidas y desiguales. Era una sinfonía d