La primera semana en el Valle del Despertar fue un estudio de desesperación silenciosa. El impacto inicial se había cuajado en una ansiedad generalizada y leve. Los aldeanos se movían como fantasmas, con conversaciones susurradas y ojos que se agitaban ante movimientos repentinos. Eran un pueblo acechado no por un monstruo, sino por un recuerdo: un día perfecto y hermoso que ahora se sentía como una violación.
Los compañeros trabajaron en tándem, y sus roles se definieron más con cada hora que