Las estaciones cambiaron en el nuevo mundo, cada una como una estrofa más vibrante que la anterior. La aldea, que alguna vez fue un pequeño grupo de chozas, creció hasta convertirse en un pueblo próspero. Lo llamaron el Hueco de la Esperanza, no por ironía, sino en recuerdo de la herida que les había enseñado el valor de la sanación. Elina, la Cronista, era su corazón. Fen, el Escudo, era sus muros inquebrantables. Y Lira, la Tejedora, era su suelo fértil, asegurando que los nuevos patrones de