El silencio en la Aguja Glacial era una entidad viva, una presencia fría y pesada que parecía absorber todo sonido y todo calor. Las palabras de Kael colgaban en el aire con el peso de una estrella moribunda, oprimiéndonos con la gravedad de una verdad cósmica. Los Huecos. Pensar en ellos era un nudo helado de terror en mi estómago, un hambre tan vasta y vacía que hacía que el concepto de una Alfa como Isolde pareciera trivial.
Fue Isolde quien rompió el silencio, pero la loba arrogante y cruel