La decisión de formar el Triunvirato se tomó en un latido, pero su ejecución fue un proceso frío y metódico. La "cicatriz" del desgarro del Hueco permanecía en la esquina de la cámara: un parche de vacío silencioso y reluciente que servía como un recordatorio constante y gélido de lo que estaba en juego. Anja, siempre pragmática, se negó a dejar tal herida sin atender.
—No puede ser destruida —explicó, con voz firme—. Pero puede ser contenida. Sellaremos esta cámara. La propia Aguja servirá com