El salón de baile de la casa de la manada había sido transformado. Era irreconocible comparado con el espacio frío e imponente donde a menudo pulía la plata y aspiraba las alfombras. Luces de hadas centelleantes se entrelazaban entre las pesadas vigas de madera, proyectando un resplandor cálido y etéreo sobre la escena. El aire vibraba con la energía excitada y cargada de feromonas de decenas de lobos jóvenes, cuyos aromas —un caleidoscopio de anticipación, alegría y nerviosismo— se mezclaban e