El olor a lejía y tostadas quemadas era el perfume empalagoso de mi vida. Era el olor de la servidumbre, de mi lugar permanente en el fondo de la jerarquía de la Manada Luna de Plata. Fregaba el enorme suelo de mármol de la cocina de la casa de la manada de rodillas, con las cerdas ásperas del cepillo mordiéndome la piel ya en carne viva y agrietada. Cada pasada era un pequeño acto de rebelión, un intento inútil de borrar la suciedad que parecía ser una parte permanente de mi existencia, tanto