El silencio se extendió entre nosotros, espeso y sofocante. El tirón eléctrico y embriagador del vínculo de pareja seguía allí, una cosa vibrante y viva que zumbaba en el espacio entre nuestros cuerpos, pero se encontraba con un muro de hielo de su lado. El fuego en sus ojos se había extinguido, reemplazado por una indiferencia glacial mucho más escalofriante que cualquier ira.
“Elara”, repitió mi nombre, pero sonó como una maldición en sus labios, una palabra repugnante que se veía obligado a