La visión en la cámara inferior se grabó a fuego en sus mentes. La mujer que lloraba, la muñeca plácida en la que se convirtió, el hambre palpitante del Telar de cristal. Era un horror perfecto y hermoso.
Kaelen se encogió, con arcadas, no por enfermedad sino por una sobrecarga empática pura. Había sentido la paz final y vacía de la mujer, una violación más profunda que cualquier herida física.
El rostro de Fen era una máscara de piedra de pura furia. Apretó la empuñadura de su hacha hasta que