Bianca no esperó a que la noche terminara para reclamar lo que creía suyo.
Ese fue el verdadero problema.
No la escena.
No el tono.
No el vestido marfil todavía intacto cuando entró al refugio.
El problema fue la velocidad.
Como si hubiera pasado del Yacht Club al salón privado con la misma convicción con la que otras mujeres cruzan una casa que conocen demasiado bien: sin pedir permiso, sin anunciarse, sin la menor duda de que las puertas seguirían abriéndose.
Adriana llegó tres minutos