Llegaron a La Rousse cuando el barrio todavía olía a mediodía.
No era la hora elegante para moverse por Mónaco.
Por eso estaban allí.
Damián había calculado que la ventana entre el cambio de guardia del edificio y la ronda siguiente de seguridad privada era exactamente ese intervalo incómodo en el que la ciudad parecía bajar un grado la atención sin relajarse nunca del todo: demasiado tarde para el flujo de la mañana, demasiado temprano para el de la tarde. En Mónaco, los márgenes siempre tenía