La primera vez que Adriana apareció en el expediente no fue como hija.
Fue como riesgo.
Beatrice Ferrer leyó la carátula sin cambiar de expresión, sentada en el despacho clínico de Ignacio con la espalda impecable y las piernas cruzadas como si estuviera revisando una donación cultural y no una maniobra para volver clínicamente sospechosa a una mujer antes de que pudiera hablar.
El consultorio de La Rousse tenía la estética exacta del dinero cuando quiere parecer neutral: madera pálida, cristal