Mara entraba a Monteluce con el cuerpo apenas inclinado hacia delante, como si quisiera cruzar la puerta sin ocupar demasiado espacio. El pañuelo claro. Las gafas oscuras. El abrigo sobrio. Nada en la imagen parecía pensado para llamar la atención. Precisamente por eso resultaba irrebatible. No era una puesta en escena ni una foto de gala mal leída por la esperanza. Era el tipo de registro que existe porque alguien estuvo allí, porque una puerta se abrió, porque un cuerpo cruzó un umbral real.
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