Capítulo 61: Tu deuda, mi herida
La manga quemada de Franco seguía sobre la mesa de la cocina.

Nadie la había tocado.

Afuera, Larvotto seguía mojado y el cielo había bajado hasta quedar justo por encima de las azoteas. Franco tenía el brazo apoyado sobre la superficie con la frialdad específica de alguien que ha decidido que el dolor no merece ser administrado porque todavía hay cosas más importantes. Adriana lo había vendado en silencio veinte minutos antes, y ese silencio todavía estaba en la habitación, ocupando más espacio
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