La manga quemada de Franco seguía sobre la mesa de la cocina.
Nadie la había tocado.
Adriana la vio apenas bajó, antes de las siete, cuando el refugio alto todavía conservaba esa quietud extraña de los lugares que acaban de cambiar de naturaleza y aún no lo saben. Se quedó mirándola un segundo: la tela negra abierta hasta el antebrazo, chamuscada en el borde, con esa forma seca del daño que no admite épica porque fue demasiado rápido para llamarse sacrificio. Solo había sido instinto. Solo habí