Franco no la invitó a bailar.
La secuestró por segunda vez, esta vez bajo arañas de cristal.
Adriana apenas tuvo tiempo de registrar dos cosas antes de sentir la mano de él cerrarse en torno a la suya y arrastrarla hacia el centro del salón: el sobre extraído del casillero 27 ya no estaba donde debía haber estado, y Gael acababa de entrar al Salón Azur con la sonrisa impecable de los hombres que creen que el mundo sigue siendo suyo mientras no les tiemble la mandíbula.
—¿Qué haces? —murmuró Adr