La primera mentira de la noche fue el vestido.
No porque el negro no le quedara bien. Eso habría sido un alivio vulgar. Le quedaba demasiado bien, y ese era precisamente el problema: la hacía parecer una mujer que todavía pertenecía al mundo que estaba a punto de usar como ganzúa.
Adriana estaba frente al espejo del dormitorio principal con la espalda recta, los pendientes aún sin poner y la sensación precisa de estar afinando un arma que llevaba años fingiendo que era un accesorio. El vestido