Las alarmas en la mansion Romanov se encienden una vez más ante el ataque del que son objeto, el sonido no es estridente. Es alertador. Profundo. Como un rugido que anuncia peligro en todas las direcciones. Nicolay lo reconoce ya que lo ha escuchado antes en Chechenia. En Moscú. En su propia casa. En aquella ocasión era un crio de nueve años a quien le arrebataron su familia.
La Bratva, cobraba una deuda.
Y su padre debía pagar. Los recuerdos más cruentos lo azotan como un látigo en la espalda.