El pasillo que lleva a los calabozos está más frío que de costumbre. Nicolay camina sin prisa, pero con el corazón latiendo como un tambor, sediento de sangre. Cada paso resuena en las paredes de concreto, cada sombra parece alargarse como si el infierno mismo se estuviera preparando para recibir a su huésped. Su piel se enchina de emoción solo de pensar en los gritos de
El aire huele a humedad, a óxido y a sangre vieja. Las luces parpadeantes filtran el reflejo de su oscuridad. El silencio es