El sótano de la mansión huele a humedad, a miedo y al hierro de la sangre seca en las paredes después de un ataque en defensa propia. El calor, la tensión agobiante de los prisioneros destrozando sus nervios es un juego que Nicolay disfruta mirando detrás las cámaras. Se toma el quito whisky y decide el destino del hombre que grita desesperado porque su compañera muere lentamente. No mata mujeres y tampoco niños, pero él no jaló el gatillo que atravesó el abdomen de la mujer que destrozó las ca