El despacho de Nicolay huele a desinfectante, whisky y pólvora vieja, ni siquiera se ha lavado la sangre de encima, apenas se puso la camiseta. Se halla sentado en el sillón de cuero, con los nudillos vendados y el ceño fruncido. Iván, el médico de confianza, revisa las heridas causadas por los golpes que le propinó Rixio en la mandíbula, el costado y el pecho. También ojea los nudillos rasgados que el ruso descargó contra la puerta blindada del sitio seguro donde Emily estuvo retenida. La piel