Todo el día evitamos cruzarnos.
Fue fácil. La mansión era lo bastante grande y él tenía asuntos que resolver. Yo me quedé en mi habitación, leyendo la Biblia sin leerla, mirando por la ventana sin ver nada. Cada vez que oía pasos en el pasillo, me tensaba. Pero ninguno era el suyo.
No sabía qué sentir. Vergüenza por haberlo abofeteado. Rabia porque casi me besa. Confusión porque, muy en el fondo, una parte de mí se había quedado quieta esperando el beso.
Y eso era lo que más me molestaba de tod