El cuerpo cayó a mis pies con un golpe seco.
No grité. No me moví. Me quedé paralizada, mirando la sangre que empezaba a extenderse sobre el mármol blanco. Un charco oscuro. Espeso. Imparable.
Había visto morir a Matteo en la capilla. Había visto hombres caer durante el ataque al jardín. Pero esto era distinto. Esto había sido delante de mí. A quemarropa. Sin aviso. Sin piedad.
Ciro bajó el arma. La guardó en la pistolera tras su espalda con un gesto mecánico, casi aburrido. Como quien guarda l