Me quedé en silencio en mitad de la escalera. La pregunta de Ciro seguía flotando en el aire. "¿Volverás al convento?"
No me giré. No quería ver su cara. No quería que él viera la mía.
—Siempre has sabido la respuesta a eso —dije, con la voz más firme de lo que esperaba—. Pertenezco solo a Dios. Porque él sí sabe perdonar.
No esperé su respuesta. Subí el resto de los escalones sin volver la vista atrás, entré en mi habitación y cerré la puerta.
Me senté en la cama y me quedé mirando la pared. M