Me quité el vestido con cuidado. La tela estaba rasgada a la altura de la cadera y manchada de sangre. Lo dejé caer al suelo como si fuera una piel que ya no me pertenecía.
La ducha caliente me devolvió el pulso normal. El agua se llevó el sudor, la adrenalina, el miedo. Pero no pudo llevarse la imagen de Dante mirándome junto a los dos hombres inconscientes. Esa imagen se me había quedado grabada detrás de los párpados.
Me sequé, me puse un camisón fino que apenas me cubría los muslos y me sen