Marco giró el volante con un brusquedad que me lanzó contra la puerta.
—Agárrate —dijo.
No hizo falta que lo repitiera.
El coche aceleró por calles estrechas. Las farolas pasaban como fogonazos. Detrás de nosotros, dos pares de faros nos seguían de cerca. Demasiado cerca.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Todavía no lo sé —respondió Dante.
Un disparo impactó contra la parte trasera del coche. El sonido fue como un martillazo seco. Me agaché por instinto.
—¡Maldición! —gruñó Marco—. Van armados.
—Pierd