Después del piano, volvimos a la habitación en silencio.
No fue un silencio incómodo. Fue un silencio distinto. De esos que no necesitan llenarse con palabras. Dante se tumbó a mi lado, yo me quedé mirando el techo, y en algún momento los dos nos dormimos.
Cuando desperté, la cama estaba vacía otra vez.
Me estiré entre las sábanas. El sol entraba por la ventana y dibujaba líneas doradas sobre el suelo. No recordaba la última vez que había dormido tanto. Quizás necesitaba el descanso. Quizás lo