Marco regresó a la mansión unos días después del accidente.
Lo encontramos en la cocina, robando galletas del tarro que la señora Rossi había enviado como regalo de bodas. Tenía una venda en el brazo y un moretón en el pómulo, pero su sonrisa seguía intacta.
—¿No se supone que los heridos guardan reposo? —pregunté.
—El reposo es para los débiles, cuñada.
—El reposo es para los que no quieren abrirse los puntos —replicó Sofía dándole un manotazo en el brazo bueno.
Marco soltó una carcajada.
—Las