Desperté con la sensación de que algo no encajaba.
El sol entraba por la ventana. El camisón seguía arrugado. Mis nudillos aún me dolían bajo el vendaje. Pero no era eso.
Era el silencio.
Un silencio distinto. Más pesado. Como si la casa contuviera la respiración.
Me levanté y fui hacia la puerta. La abrí.
Dos hombres bloqueaban el pasillo.
—Buenos días, señora Moretti —dijo uno de ellos, el más alto—. El señor Moretti le pide que desayune en la habitación.
—¿Y si quiero bajar al comedor?
—El s