El amanecer llegó con un gris opaco que parecía arrastrar consigo la memoria de la humillación de ayer. Tala permanecía sentada en el borde de su cama, con los ojos fijos en la pared de piedra frente a ella, aunque no veía nada. Cada rincón del cuarto estaba cargado del recuerdo de cómo la habían llamado Ezra, de cómo Ruddy, el alfa al que había protegido y amado, había permitido que Tania impusiera su voluntad sobre ella. La palabra resonaba aún en su mente, como un eco que no quería morir: Ez