El encierro pesaba, pero no tanto como la sensación de que cada error la acercaba otra vez al mismo destino. Tala se sentó en el rincón de la sala, cerró los ojos y dejó que su respiración se acompasara.
Sentía el escudo vibrar bajo su piel, una muralla invisible que no dejaba penetrar la energía ajena. Lo tanteó con cautela, expandiéndolo apenas un palmo. El aire chisporroteó.
—Control… no fuerza —murmuró, recordando las palabras de Alarick.
Esta vez no se trataba de lanzar poder, sino de refi