El amanecer llegó con un aire extraño, denso, como si el bosque hubiera decidido guardar silencio. Tala despertó con el eco del sueño latiéndole en la cabeza: la imagen de sí misma, arrastrándose entre árboles, la sangre manchando la tierra, y esa voz que había atravesado la neblina: “Siete lunas. Siete veces se repite…”.
No podía ignorarlo.
Se vistió con rapidez y caminó hacia la sala más antigua del templo, aquella donde los muros estaban cubiertos de estantes repletos de pergaminos y libros