Suspiro, aunque agradezco su franqueza.
—Gracias. ¿Vas a ir al hotel?
—No, muchacha. Lo llamaré. Tú vete al trabajo tranquila, te esperaré a la salida.
—De acuerdo —accedo, sintiéndome ansiosa, idiota y demasiado vulnerable. Una vez más, he subestimado algo que no debería.
En la oficina sigue habiendo un incómodo silencio cuando Mark me deja allí. Mis tres colegas continúan con la cabeza agachada; Laura parece estar aún al borde del colapso, y la puerta del despacho de Paolo todavía permanece c