Cuelga después de esa última advertencia, pero yo no me aparto el teléfono de la oreja. Aunque sé que ya no está al otro lado, lo sostengo ahí unos instantes con la esperanza de estar equivocada y de que su voz grave y profunda continúe infundiéndome un poco más de seguridad. Cuando la puerta de la sala de conferencias se abre y Paolo aparece, empiezo a apartarlo y acepto que se ha ido.
—Ah, estás aquí. —Sigue de mal humor mientras sostiene la puerta abierta—. ¿Estás preparada?
—Sí. —Hago ademá