—No, gracias. No bebo.
—¿Por qué?
La brusquedad de su pregunta hace que me sienta aún más incómoda.
—Entre semana. No bebo entre semana.
—Entiendo. Sí, no vaya a ser que se nos vaya de las manos. —Esboza una sonrisa, pero ésta no alcanza sus ojos azules—. ¿Cómo está tu marido?
Inspiro súbitamente. Acaba de relacionar el alcohol y lo de que se nos vaya de las manos con mi marido en dos frases muy seguidas.
—Está bien. —Empiezo a recoger mis cosas para marcharme. Puede que me haya tocado la fibra