—¿Estabas soñando? —pregunta mordisqueándome el dedo meñique del pie.
—Contigo —suspiro—. Avísame cuando vayamos a despegar para que meta la cabeza entre las piernas.
—Yo meteré la cabeza entre tus piernas. —Me chupa el dedo y me estremezco.
—Tú avísame.
—Mira por la ventana, nena.
Frunzo el ceño y me asomo esperando ver pistas y aviones, pero sólo veo nubes.
—¡Anda!
Por un segundo me entra el pánico, pero entonces me doy cuenta de que no registro ningún movimiento. Apenas se oye ningún ruido t