—Oye, tranquilízate. —Parece nervioso—. ¿Dónde estás?
—¡En la puerta! ¡He estado llamando al interfono y nadie me abre!
—Addison, tranquila. Me estás preocupando.
—Te necesito —sollozo, y el sentimiento de culpa que me ha estado devorando durante días se apodera de mí—. Nick, te necesito.
Lo oigo respirar con dificultad. Está corriendo.
—Nena, baja el parasol del coche.
Me enjugo las lágrimas y tiro de la visera de cuero blanco. Hay dos pequeños dispositivos negros. No espero instrucciones: pul