—Feliz como una perdiz. ¿Y tú? —Erick parece estar muriéndose de la curiosidad, y ahora que he apartado la vista de la cajita, recuerdo cuándo nos vimos por última vez.
—Muy bien. —No saco el tema, y en su cara aparece una sonrisa picarona.
—No me canso de decirlo: ¡ese hombre está muy sexy cuando se enfada! —dice al tiempo que se abanica con un posavasos—. ¡De infarto!
Doy un respingo y miro de nuevo la cajita. ¿Qué me habrá comprado?
—¿Quién ha traído esto? —pregunto, levantándola.
—La chica