Aparece en el umbral del baño, todavía desnudo, todavía empapado y todavía intentando controlar la respiración. Lo miro. Me mira.
Me incorporo y me llevo las rodillas al pecho. Me siento menuda y rara. No debería ser así entre nosotros.
—Te he estado robando las píldoras —me suelta; su mandíbula se tensa y los músculos palpitan.
Lo dice sin remordimiento ni sentimiento de culpa, lo que hace que abra unos ojos como platos y que enderece la espalda como un resorte. Su rostro está impas