Le suelto la mandíbula y doy un paso atrás.
—¿Querías atraparme?
—Sí —responde, agachando de nuevo la cabeza.
—Porque sabías que saldría corriendo en cuanto descubriera a qué te dedicabas y lo de tu problema con la bebida.
—Sí. —Se niega a mirarme.
—Pero cuando descubrí lo del Hotel y el problema con el alcohol volví y, aun así, seguiste robándome las píldoras.
Este hombre no tiene ni pies ni cabeza.
—No sabías nada de mi pasado.
—Ahora lo sé.
—Lo sé.
—¡Deja de decir que lo sabe