—Me has causado muchos problemas —dice negando con la cabeza de vuelta a su mostrador—. Y no sé qué le ha pasado a la puerta del ascensor. Eres un torbellino, Addison.
¿Yo? Pongo los ojos en blanco. No voy a defenderme.
—Lo sé. ¿Cómo puedo compensarte?
Me apoyo con los codos en el mostrador y pongo mi cara más angelical.
—No me mires así, jovencita —me recrimina.
Le dedico una caída de ojos y él intenta no sonreír, pero las comisuras de los labios lo delatan. Ya casi lo tengo.
—¿Cuál