Le tomo la muñeca con cuidado y la levanto; me cuesta: su brazo pesa mucho. Me las apaño para ponerlo bien y esposarlo a la cabecera de la cama. Luego doy un paso atrás para admirar mi obra. Me ha salido de perlas. Aunque se despierte, ahora ya no va a ir a ninguna parte.
Recojo el otro par de esposas y rodeo la cama hasta el otro lado. Tengo que arrodillarme sobre el colchón para llegar a su brazo, pero ahora ya no me preocupa tanto despertarlo porque al menos le he inmovilizado uno, aunqu