Mundo ficciónIniciar sesión—Grita, Nena —siseó Liam Donovan, hincando las rodillas en la cama mientras sujetaba las muñecas de Mia Blackwood contra las almohadas de seda—. Grita para que todos sepan que eres mía. El sonido fue un gemido ahogado, una mezcla de dolor y placer que casi lo hizo perder el control. Liam no se movía. La tenía atrapada bajo su cuerpo, un muro de músculos tensos y cicatrices, sus ojos café tan oscuros que parecían negros. No se movía, y eso era lo que estaba volviendo loca a Mia. Él la estaba castigando. La estaba disciplinando por intentar escapar de nuevo, por desafiar su autoridad como jefe de seguridad de la mansión Blackwood. Ella no sabía pelear. No tenía ni idea de cómo defenderse de un hombre que había sido un operador de élite. Pero Mia Blackwood no necesitaba puños. Tenía una lengua afilada y un cuerpo que sabía exactamente cómo tentar al diablo. Liam deslizó una mano hacia abajo, rodeando su cuello en una suave advertencia, mientras que con la otra presionaba su intimidad contra la de ella. —Te odio, —susurró ella, enredando sus dedos en su cabello, tirando con fuerza, obligándolo a mirarla—. Odiarás el día en que aceptaste este trabajo. —Pues prepárate para odiar cada segundo de la noche, Princesa. Porque no pienso soltarte. Y entonces, Liam embistió. Fue una entrada profunda, fuerte y posesiva, que la hizo arquear la espalda y soltar un grito que él mismo tapó con un beso que sabía a tequila y furia. El sexo no fue suave. No fue romántico. Fue una guerra. Fue el choque de un hombre que había sido un soldado y una mujer que se negaba a ser domesticada. Él empujaba con rabia, reclamando cada centímetro de su piel, y ella respondía con una pasión que lo asustaba.
Leer másEl silencio en el despacho del ducado era tan pesado como el luto que envolvía los hombros de Alistair Blackwood. El aroma a incienso y madera vieja parecía asfixiarlo mientras sus ojos, azules y fríos como el hielo del Norte, se clavaban en el documento sobre el escritorio. Su padre apenas llevaba tres días bajo tierra, víctima de un infarto fulminante, y Alistair ya sentía que el peso de la corona ducal le estaba aplastando el alma.
—¿Una cláusula? —la voz de Alistair fue un susurro peligroso—. Repítalo, abogado.
El anciano carraspeó, ajustándose las gafas con nerviosismo.
—Lo lamento, Excelencia. Es la última voluntad de su Excelencia el difunto Duque. Para que usted pueda heredar oficialmente el título, las tierras y la administración del Norte, debe contraer matrimonio con la señorita Elowen Dawn, hija de Sir Thomas Dawn, en un plazo no mayor a treinta días. De lo contrario, el ducado pasará a ser administrado por la Corona hasta que aparezca un heredero que cumpla con los términos.
Alistair sintió un golpe seco en el pecho. Elowen. La niña de ojos amatista y cabello plata que su padre había traído a casa cuando él tenía diez años. La hija del hombre que salvó a sus padres, sí, pero también la mujer que en ese preciso instante acababa de arrebatarle su único sueño: pedir la mano de la Princesa Aurora.
Sin decir palabra, Alistair se puso en pie y salió del despacho. Sus pasos resonaban con furia por los pasillos de mármol. Al llegar al gran vestíbulo, la vio.
Elowen estaba allí, de pie junto a un gran ventanal. La luz de la tarde hacía que su cabello blanco plateado brillara como la luna, y su vestido negro de luto resaltaba su piel pálida. Al escucharlo, ella se giró. Sus ojos amatista, siempre cargados de una dulzura que él ahora despreciaba, se llenaron de preocupación.
—Alistair... —murmuró ella, dando un paso al frente—. ¿Estás bien? El abogado dijo que...
—¿Lo sabías? —la interrumpió él, deteniéndose a un metro de ella. Su mirada era tan cortante que Elowen retrocedió involuntariamente.
—¿Saber qué? —preguntó ella con voz trémula. —No finjas inocencia, Elowen. Sabías que tu padre y el mío vendieron mi vida antes de que yo tuviera uso de razón. Sabías que eras el precio de una deuda de sangre.
Elowen palideció, sus labios rosados temblaron. Ella siempre había sabido del afecto de Alistair por la Princesa Aurora, y la humillación de verse como un obstáculo la golpeó de lleno.
—Yo... yo no sabía que estaba en el testamento, Alistair. Te lo juro.
—Mientes —escupió él con amargura—. Has vivido bajo mi techo, comido en mi mesa y ahora te quedarás con mi libertad. Disfruta tu victoria, "Duquesa". Pero mírame bien, Elowen: tendré que ponerte un anillo, pero nunca te daré un lugar en mi corazón. Ese lugar le pertenece a Aurora, y tú no eres más que la cadena que me impide alcanzarla.
Alistair pasó por su lado sin mirar atrás, dejándola sola en la inmensidad del salón. Elowen apretó los puños, las lágrimas quemando sus ojos violetas. Sabía que Alistair estaba herido, pero no imaginaba que el hombre al que había amado en secreto desde la infancia la miraría con tanto odio.
A lo lejos, el sonido de un carruaje real anunció la llegada de la Princesa Aurora. Alistair se detuvo, compuso su rostro y se preparó para recibir a la mujer que amaba, sabiendo que cada sonrisa que le dedicara a la princesa sería una puñalada para la esposa que estaba obligado a tener.
S.P. Rivers “En un mundo de deudas, el corazón es la única moneda real”.
[Narrado por Liam Donovan] El pitido rítmico del monitor cardíaco era el único sonido que llenaba la habitación 402. Para cualquier otra persona, ese sonido era una señal de vida, pero para mí, cada pulsación era un recordatorio metálico de mi fracaso. Estaba de pie en el rincón más oscuro de la estancia, con los brazos cruzados y la espalda pegada a la pared fría, observando cómo el mundo de los Blackwood se recomponía mientras el mío se caía a pedazos. Mia había despertado hacía apenas una hora. El mé
[Narrado por Liam Donovan]El tiempo no corre cuando la vida de la persona que amas pende de un dedo tembloroso; el tiempo se detiene, se solidifica y te asfixia. Vi la duda en los ojos del hombre, ese milisegundo de vacilación donde el dolor le ganó al odio, y supe que era mi única ventana. No fue una decisión táctica. Fue un instinto animal, una explosión de adrenalina que me lanzó hacia adelante como un proyectil.—¡SUÉLTALA! —rugí, acortando la distancia en un par de zancadas.El hombre reaccionó por puro reflejo, pero no disparó de inmediato. Intentó usar a Mia como escudo, girándola con brusquedad. En el forcejeo, mi mano derecha atrapó la
[Narrado por Liam Donovan]El pasillo de la clínica se sumió en esa calma engañosa de la madrugada. Noah se había ido a regañadientes tras recibir una llamada de central, y Emma estaba dentro asistiendo a los últimos chequeos de Isabella. Gabriel seguía como una gárgola junto a la puerta, pero sus ojos ya no reflejaban furia, sino un cansancio profundo, el de un hombre que acababa de librar una batalla interna contra su propio acero.Saqué mi teléfono al sentir una vibración. Era un mensaje de Dominic: “Reporte de situación. ¿Cómo está la invitada? Los perímetros de la mansión están reforzados. No bajen la guardi
[Narrado por Liam Donovan]La sala de espera de la clínica olía a desinfectante y a esa tensión espesa que se mastica antes de un diagnóstico. Gabriel seguía de pie, negándose a sentarse, con la mirada clavada en las puertas de doble batiente por donde se habían llevado a Isabella. Mia estaba a su lado, frotándose los brazos, con el rostro pálido bajo las luces fluorescentes.El silencio fue interrumpido por el sonido de unas botas reglamentarias sobre el linóleo. Al girarme, vi al Oficial Noah
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