Mundo ficciónIniciar sesión[Narrado por Mia Blackwood]
El trayecto a la universidad fue una sinfonía de voces agudas y risitas que me taladraban el cráneo. Emma e Isabella se habían apoderado del asiento trasero conmigo, pero sus cuerpos estaban inclinados hacia adelante, invadiendo el espacio del conductor donde Liam manejaba con una calma exasperante.
—¿Y es verdad que los entrenan para dormir con un ojo abierto, Liam? —preguntó Isabella, rozando con sus dedos el respaldo de su asiento, peligrosamente cerca de su nuca—. Porque si necesitas un lugar más cómodo para descansar que ese cuartito de la mansión, mi casa tiene una habitación de invitados... muy privada.
—O mejor aún —añadió Emma, soltando una risita—, podrías darnos clases de defensa personal. A Mia le vendría bien, ya ven que es un poco... torpe con el sistema de riego.
Escuché la risa corta de Liam a través del retrovisor. Mis ojos se encontraron con los suyos por un milisegundo en el espejo y vi la chispa de burla. Él estaba disfrutando esto. Estaba dejando que mis mejores amigas se humillaran coqueteándole solo para demostrarme que, mientras yo lo odiaba, el resto del mundo caía a sus pies.
Yo no dije nada. Me pegué a la ventanilla, mirando el paisaje borroso de la ciudad, sintiendo cómo la congestión en mi pecho empeoraba con cada minuto. Me sentía invisible, una carga que él transportaba de un punto A a un punto B. La "princesa de cristal" estaba demasiado ocupada tratando de que no se le escapara otro estornudo como para pelear.
—Eres muy callado, Donovan —insistió Emma, estirándose para verle el perfil—. ¿Qué hace un hombre como tú cuando no está cuidando a una niña caprichosa?
—Cumplir órdenes, señorita Emma —respondió él con esa voz monocorde y profesional que me ponía los pelos de punta—. Y mi orden actual es llevarlas a salvo. Nada más.
—Tan serio... —suspiró Isabella—. Mia, ¿cómo puedes estar tan tranquila con este monumento al volante? Yo ya le habría pedido que se desviara por un callejón.
Cerré los ojos con fuerza. "Porque es el hermano de mis cuñadas", quise gritar. "Porque anoche me apretó contra una columna hasta que olvidé cómo respirar y luego me tiró al agua como si fuera basura". Pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta inflamada. Si hablaba, lloraría. Y no le daría ese gusto.
Cuando el coche se detuvo frente a la facultad de Derecho, no esperé. No esperé a que el motor se apagara, ni a que mis amigas terminaran de retocarse el labial, y mucho menos a que él bajara a abrirme la puerta con esa caballerosidad falsa que usaba frente a los demás.
Abrí la puerta yo misma con un movimiento brusco.
—¡Mia! ¡Espera! —gritó Emma.
No me detuve. Salí al aire fresco de la mañana, sintiendo el peso de mi mochila en el hombro. Mis piernas flaquearon un poco por el malestar físico, pero aceleré el paso hacia la entrada del edificio.
—¡Blackwood! —la voz de Liam sonó detrás de mí, autoritaria, cortante. Escuché la puerta del conductor cerrarse con fuerza.
Me negué a girarme. Sabía que él quería escoltarme hasta la puerta, marcar su territorio, recordarme que era mi sombra. Pero hoy no. Hoy no era la "Nena" de nadie.
—¡Mia, detente! —insistió él, y sus pasos rápidos resonaron en el pavimento, ganándome terreno.
Apreté los dientes y casi corrí. Crucé el umbral de la facultad y me mezclé entre la multitud de estudiantes que llenaban el vestíbulo. Sabía que él no entraría; mi padre le había prohibido causar escenas dentro del recinto universitario para no manchar el apellido.
Me refugié en el pasillo de los casilleros, ocultándome tras un grupo de compañeros. Por la ventana de la entrada, alcancé a verlo. Liam estaba parado en la acera, con las manos en las caderas, mirando hacia el interior del edificio con una expresión de pura furia contenida. Emma e Isabella estaban a su lado, tratando de llamar su atención, pero él las ignoraba por completo. Sus ojos buscaban los míos, cargados de una promesa de castigo que me hizo temblar.
Me giré y caminé hacia mi clase de Derecho Civil sin mirar atrás. La humillación de la noche anterior, el frío de la piscina y el desprecio de sus palabras todavía me dolían, pero al menos aquí, entre libros y leyes, él no podía tocarme.
O eso era lo que yo quería creer.







