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Capítulo 10: Punto de Quiebre

 

[Narrado por Liam Donovan]

El reloj del tablero marcaba las dos de la tarde. La salida de la facultad de Derecho era un hervidero de estudiantes, pero mis ojos estaban fijos en la puerta principal. Había pasado las últimas cuatro horas repasando mentalmente la escena de la piscina. La forma en que su piel erizada se sentía bajo mis dedos, el aroma a vino y rebeldía, y esa mirada de odio puro que me lanzó antes de que el agua la tragara.

Había sido necesario. Era una lección. Pero el estornudo de esta mañana y su palidez en el desayuno me estaban pesando más de lo que mi entrenamiento militar permitía admitir.

—¡Liam! ¡Sigues aquí! —la voz chillona de Isabella me sacó de mis pensamientos.

Ella y Emma salieron del edificio, moviendo las caderas con esa exageración que me resultaba agotadora. Se acercaron al coche, apoyándose en la ventanilla del conductor.

—¿No te cansas de esperar a nuestra "Princesa de Hielo"? —preguntó Emma, pasándose un mechón de pelo por detrás de la oreja—. Porque nosotras tenemos mucha más energía que ella. ¿No quieres ir a tomar algo mientras ella termina sus dramas existenciales?

—¿Dónde está Mia? —corté, ignorando el coqueteo. Mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

—Se quedó en la biblioteca para "repasar notas", o eso dijo —Isabella puso los ojos en blanco—. Salió de clase pareciendo un fantasma. Ni siquiera nos escuchó cuando le propusimos ir de compras.

Un nudo se instaló en mi estómago. Mia Blackwood era muchas cosas —terca, malcriada, insufrible—, pero nunca se perdía una oportunidad de salir de mi vista lo antes posible. Que se quedara voluntariamente encerrada en la biblioteca no encajaba en su patrón de escape.

—¿Hace cuánto la vieron? —pregunté, abriendo la puerta del coche y bajando de un salto.

—Hace una hora, ¿por qué? —Emma me miró confundida—. Liam, no puedes entrar ahí, el señor Blackwood dijo que...

No me quedé a escuchar el resto. Ignoré las advertencias de mi jefe y las miradas curiosas de los universitarios. Crucé el vestíbulo con zancadas largas, sintiendo que cada segundo contaba. Algo estaba mal. Mi instinto, ese que me había mantenido vivo en zonas de guerra, gritaba que la "Pulga" estaba en peligro.

Recorrí los pasillos de la biblioteca, un laberinto de estanterías de madera y olor a papel viejo. Al fondo, cerca de las mesas de estudio más apartadas, vi un tumulto de gente.

—¡Mia! ¡Mia, reacciona! —escuché un grito ahogado.

Me abrí paso entre los estudiantes como una topadora. Lo que vi me heló la sangre.

Mia estaba tirada en el suelo, con la cabeza apoyada en el regazo de un chico de aspecto atlético que vestía una chaqueta de la universidad. Él la sujetaba por los hombros, tratando de despertarla, mientras ella mantenía los ojos cerrados, con las mejillas encendidas por un rojo antinatural y la respiración entrecortada.

—¡Quítale las manos de encima! —rugí, apartando al tipo de un empujón antes de arrodillarme a su lado.

—¡Oye, tranquilo! —exclamó el chico, retrocediendo sorprendido—. Soy Max, soy su compañero. Estaba estudiando con ella cuando de repente se desplomó. Tío, está ardiendo. Está hirviendo en fiebre y no responde.

Ignoré a Max. Deslicé mi mano por la nuca de Mia y la otra bajo sus rodillas. Al contacto con su piel, casi retrocedo; estaba quemando. El frío de la piscina y la humedad de la noche habían pasado factura de la peor manera posible. Su cuerpo, que anoche se sentía tan vibrante y lleno de lucha, ahora pesaba como el plomo, inerte en mis brazos.

—Mia... —susurré, rompiendo por un segundo mi fachada de piedra—. Nena, mírame.

Ella soltó un quejido débil, pero sus párpados ni siquiera temblaron. Estaba profundamente inconsciente.

—¡Llamen a una ambulancia! —gritó alguien entre la multitud.

—No —sentencié, levantándome con ella en brazos. La estreché contra mi pecho, sintiendo su calor abrasador a través de mi camisa—. Yo me encargo. ¡Abran paso!

Salí de la biblioteca casi corriendo. Emma y las otras chicas estaban en la puerta, con caras de horror al verla así.

—¡Dios mío, Liam! ¿Qué le pasó? —chilló Emma.

—¡Abran la puerta del coche! —ordené sin detenerme.

La subí al asiento trasero, acomodándola con una delicadeza que no sabía que poseía. Su cabeza cayó sobre mi hombro por un momento y pude sentir su aliento caliente y errático contra mi cuello. Me sentí como el mayor de los imbéciles. La había llevado al límite por orgullo, por querer demostrarle quién mandaba, y ahora la "princesa de cristal" se estaba rompiendo de verdad en mis manos.

Arranqué el coche quemando neumáticos. Tenía que llegar a la mansión antes de que la fiebre hiciera más daño, pero sobre todo, tenía que asegurarme de que, cuando despertara, fuera yo lo primero que viera.

Porque si esta era la guerra que yo quería, acababa de darme cuenta de que no estaba dispuesto a ganarla si el precio era perderla a ella.

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